Evangelio y puntos de meditación del lunes 15 de diciembre

Mt 21,23-27

En aquel tiempo, Jesús entró en el templo. Mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo diciendo: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?». Jesús les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa; si me contestáis a ella, yo os diré a mi vez con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?». Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Y si decimos: ‘De los hombres’, tenemos miedo a la gente, pues todos tienen a Juan por profeta». Respondieron, pues, a Jesús: «No sabemos». Y Él les replicó asimismo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».


Para meditar:

  • La excepcional autoridad y poder de Jesús le proviene del hecho de ser el Hijo de Dios hecho hombre. Sin embargo, Jesús no las utiliza en propio beneficio, de forma despótica, sino que las pone al servicio de los hombres, de su bien, de su salvación. Jesús, que es el Señor, lleno de poder y de autoridad, no abajarse incluso hasta el extremo de la cruz, pues su intención no es la de dominar, sino la de amar. ¿Me pongo yo también al servicio de mis hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesús?

 

  • En virtud de la autoridad que Jesús tiene, todas las criaturas le obedecen. A sus ordenes, la tempestad se calma, la higuera se seca, el muerto resucita… Incluso los  mismismos demonios obedecen a Jesús: «los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara»» (Mt 8, 31). Todos se pliegan inmediatamente ante la más mínima insinuación de Jesús. Sin embargo, tu y yo muchas vece somos rebeldes, y hacemos oídos sordos a las palabras, a las enseñanzas, a los mandamientos de Jesús. ¿Olvidamos acaso aquello que explica Jesús, a saber, que sólo «el que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama» (Jn 14, 21)

 

  • Jesús sale de la pregunta-trampa que le han tendido con gran astucia. La misma que nos recomienda a nosotros, sus discípulos, cuando nos enseña que tenemos que ser «sagaces como serpientes y sencillos como palomas» (Mt 10, 16). La misma que elogia en el administrador infiel (cfr. Lc 16, 1-8), lamentando al mismo tiempo que «los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz» (Lc 16, 8). Y es que Jesús nos quiere, sí, sencillos, pero también astutos, como lo es Él mismo, para las cosas que tienen que ver con Dios

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