Evangelio del día y puntos de meditación del sábado 3 de enero
Jn 1,29-34
Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».
Para meditar:
- Jesús, siendo la Palabra divina, aquella que existía desde el principio, y que estaba junto a Dios, y que era Dios, y por medio de la cual se hizo todo cuanto existe; aquella que era la luz y la vida de los hombres, inmensamente gloriosa, llena de vida y de verdad (cfr. Jn 1, 1-18) quiso manifestarse ante los hombres como Cordero manso, humilde, silente ante el trasquilador, esto es, mudo ante aquellos que le crucificaron. Obró de tal manera, entre otras cosas, para darnos ejemplo; para que nosotros, sus discípulos, nos comportemos de manera semejante con nuestro prójimo, tal y como el mismo san Pablo nos recuerda: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente» (Col 3, 12-13)
- Jesús es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Él es el Hijo de Dios que se hace hombre para redimirnos del pecado, reconciliándonos así nuevamente con Dios hasta el punto de hacernos amigos, es más, hijos Suyos. Y esto lo hace mediante su muerte en Cruz, mediante la efusión de su propia sangre, mediante la entrega de su propia vida. Hemos sido comprados a un gran precio (cfr. 1 Cor 6, 10-20). De ahí que debamos poner todo nuestro esfuerzo en cuidar la vestidura blanca recibida el día del bautismo y purificada por la mismísima sangre de Cristo, luchando por evitar mancharla con nuestros pecados.
- Así como descendió el Espíritu sobre nuestra Cabeza, Jesús, desciende el mismo Espíritu sobre el resto de su Cuerpo, la Iglesia; sobre nosotros, los cristianos. Y ahí, en nuestros corazones, permanece mientras no lo expulsemos por el pecado, haciendo que podamos creer, esperar y amar como buenos discípulos de Cristo. Él, el Espíritu Santo, es nuestro Maestro interior, que nos conduce a la Verdad plena de Jesucristo. ¿Procuramos hacer caso a sus santas inspiraciones? ¿Le tratamos con frecuencia?