Editorial semanal: Alegres en Cristo
Este domingo celebramos el tercer domingo de Adviento, llamado “gaudete” a causa de la antífona de la entrada de la misa: “Gaudete in Domino Semper: íterum dico, gaudete”. Dicha antífona está tomada de la carta a los Filipenses (cfr. Flp. 4, 4-5) y significa: “estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”. Y San Pablo continúa añadiendo el motivo de dicha alegría: “Dominus prope est”. “El Señor está cerca”.
En efecto, la cercanía del Señor, de Jesús, debería producir en nuestros corazones enamorados una inmensa alegría. Santo Tomás de Aquino explica el motivo de ello enseñando que cuando el que ama entra en posesión del ser amado, entonces goza y se alegra inmensamente con la presencia del mismo (cfr. II-II, q. 28). Los cristianos, que amamos a Jesús por encima de todas las cosas -así debería ser y así nos lo pide Jesús, que nos invita a amarle a Él antes que a nadie, incluso antes que a nosotros mismos (cfr. Lc 14, 26)- nos alegramos por su presencia y cercanía.
Es lo que vemos que les sucedía a los discípulos, alegres y confiados cuando Jesús estaba cerca, tristes y abatidos cuando lo perdieron a causa de su muerte, pero inmensamente alegres cuando lo recuperaron en virtud de la resurrección. Entonces, en efecto, se cumplieron las palabras que Jesús les había dicho durante la última cena: “también vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 22).
Nadie ni nada nos quitará nuestra alegría -una alegría espiritual, fundada en el amor de Dios, y que ni tan siquiera los males y problemas de este mundo nos podrá arrebatar- si estamos cerca de Jesús, permaneciendo en su amor, tal y como el mismo Jesús nos invita a hacer (cfr. Jn 15, 9). Y permaneceremos cerca de Él, de su amor, si nos esforzamos por guardar sus palabras, por mantener nuestras almas limpias de todo pecado; si le abrimos nuestro corazón en la oración y le recibimos con frecuencia en la comunión.
Jesús nos quiere alegres. Quiere que podamos participar plenamente de la alegría de Dios, de su eterna y plena bienaventuranza, pues para ello precisamente nos ha creado Dios. Lo conseguiremos -ser felices aquí en la tierra y felicísimos en el cielo- si nos esforzamos por serle plenamente fieles.