Editorial de la semana: no olvidéis las acciones del Señor
Este jueves celebramos la Natividad del Señor. Festejamos por todo lo alto la alegre noticia de que “hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11); que finalmente, se han cumplido las promesas y “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7, 16). Una noticia que no podemos dar por sentada, por sabida. A la que no podemos acostumbrarnos, como si hubiera dejado de ser trascendente, como si hubiera pasado de moda.
Dios nos invita más bien a lo contrario: a no olvidar cuanto ha hecho por nosotros (cfr. Sal 78, 6); a tener siempre presente “las maravillas que hizo, sus prodigios” (Sal 105, 5). En este sentido, debemos más bien seguir el ejemplo del salmista, que se enorgullece de tener constantemente presente todas las cosas buenas que Dios ha hecho por su pueblo, dándonos con ello un ejemplo a imitar: “recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos, medito todas tus obras y considero tus hazañas” (Sal 77, 12).
La proeza, el portento, la obra, la hazaña más maravillosa que Dios ha hecho es la de la Encarnación del Hijo de Dios y todo lo que de ella se deriva, especialmente la entrega amorosa de Jesús en la cruz. Es un misterio inagotable de amor, el cual siempre debemos traer de vuelta a nuestra memoria y corazón, no solamente recordándolo, sino meditándolo, considerándolo detenidamente en la oración.
Esta consideración de la Encarnación tiene el inmenso beneficio de aumentar en nosotros la virtud de la caridad. Santo Tomás de Aquino lo explica claramente, enseñando que la consideración de “lo que se refiere a la humanidad de Cristo es, por así decirlo, el guía que nos toma de la mano, excitando, más que ningún otro tema, nuestra devoción”, nuestro amor (cfr. II-II, q. 82, a. 3, ad 2). Se cumple pues así lo que dice el Salmo 38: “el corazón me ardía por dentro; pensándolo me requemaba” (Sal 38, 4).
Pensando en aquello que Dios ha hecho por nosotros al enviar a su propio Hijo, en el amor que nos ha demostrado con esta maravillosa iniciativa suya, nuestro corazón arderá, se enardecerá, en el amor de Dios. Esto es lo que Jesús quiere, pues precisamente para esto el Hijo de Dios se ha hecho hombre: para “prender fuego a la tierra” (Lc 12, 49), el fuego del amor de Dios.
Aprovechemos estos días de Navidad para contemplar repetidamente en oración, quizás con la ayuda del Belén que hemos puesto en casa, el misterio del nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre. Así nos aseguraremos de no olvidar todo aquello que Dios ha hecho por nosotros.