Evangelio del día y puntos de meditación del martes 30 de diciembre

Lc 2,36-40

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.


Para meditar:

  • Ana enviudó joven: apenas siete años después de casarse. Seguro que no era su idea inicial, mas bien orientada -podemos fácilmente presuponer- a vivir largo tiempo junto con su esposo y fundar una numerosa familia. Sin embargo, Dios le cambió los planes… y ella supo aceptarlo, abandonándose en las manos de Dios y confiando en su Voluntad. También nosotros debemos acoger con buen ánimo aquello que Dios permite en nuestra vida, aunque no entendamos muchas veces sus planes, pero sabiendo que nuestro Padre del cielo siempre quiere nuestro bien y que, como enseña San Pablo, «todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8, 28)

  • Ana permanecía constantemente en el Templo, «sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones». Nosotros no podemos pasarnos todo el tiempo en el templo, en la Iglesia -hacerlo sería desorden intolerable para los que estamos llamados a vivir en el mundo, cuidando de nuestra familia, trabajando, edificando mediante nuestra labor el Reino de Dios en el mundo-, pero sí debemos imitar a Ana en la voluntad de permanecer siempre, incluso de las cosas más prosaicas de nuestra vida, muy unidos a Dios, rezando «sin interrupción» (1 Tes 5, 17), tratando de cumplir en todo momento la Voluntad de Dios, poniendo constantemente en práctica la caridad, el amor, que Jesús ha puesto en nuestros corazones, esforzándonos por permanecer siempre en la presencia de Dios.

  • «Hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén». Como Ana, también nosotros debemos anunciar a Aquél que ha nacido para nuestra salvación. Una tarea especialmente importante en estos días de Navidad; de una Navidad como la que vivimos desde hace unas buenas décadas: una Navidad secularizada, paganizada, que ha perdido de vista el verdadero protagonista de estas fiestas: el Niño Jesús. Propongámonos pues recuperar el verdadero sentido de estos días tan especiales, ayudando a la gente a tener presente al Hijo de Dios, nacido de María según la carne, para que creyendo en Él puedan tener vida en su nombre y se unan a nosotros en nuestra alegría.

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