Evangelio y puntos de meditación del domingo 4 de enero
Jn 1,1-18
En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.
Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.
Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.
Para meditar:
- Jesús es la Palabra encarnada, y en la Palabra, explica el evangelista, estaba la vida. La vida auténtica, en efecto, la vida eterna, la vida misma de Dios se encuentra en Jesucristo, y Él nos la quiere comunicar a nosotros, según Él mismo expresa en el Evangelio: «quiero que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Jesús nos la comunica especialmente en el bautismo y en la eucaristía, pues en efecto, «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo (…) En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 51-54)
- La Palabra de Dios, por tanto Jesús, es también luz. Luz que ahuyenta las tinieblas del pecado. Permaneciendo cerca de Él, por tanto, seremos purificados de nuestras malas acciones, limpiados, santificados. Luz también que ilumina y nos da a conocer la Verdad. Podemos pues fiarnos plenamente de su palabra, de sus enseñanzas, pues en ellas se cumple plenamente lo que ya se anunciaba en el salmo: «lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119, 105). Siguiendo fielmente las enseñanzas de Jesús, permaneceremos en el buen camino.
- Por la encarnación, la Palabra ha acampado entre nosotros. No ha venido para luego irse y desaparecer completamente de nuestra vista, sino que ha querido permanecer con nosotros para siempre, tal y como Jesús mismo declara: «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28, 20). Y esa presencia de Jesús la encontramos sobre todo en la Eucaristía, en el pan eucarístico, consagrado durante la Santa Misa, cuya substancia ha venido a convertirse, verdaderamente, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, en Jesús mismo. En el Sagrario, Jesús nos espera para que podamos disfrutar de su benéfica compañía, y en la Misa, nos da la oportunidad de recibirlo en lo más íntimo de nuestras almas.