Evangelio y puntos de meditación del martes 16 de diciembre

Mt 21,28-32

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él».


Para meditar:

  • Jesús acusa a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de haber respondido sólo aparentemente de forma positiva a Dios. Ellos fueron como aquél hijo que le dijo a su padre: «Voy, Señor», pero luego en realidad no fue a trabajar a la viña. Todo esto nos ayuda a no llevarnos a engaño. Al final, sólo el que responde positivamente a Jesús, creyendo en Él y esforzándose en poner en práctica, con la ayuda de la gracia, sus enseñanzas, es aquél que se manifiesta como hijo de Dios obediente. Debemos obedecer a Dios no sólo de palabras, sino con obras: de fe, de conversión, de lucha, de perseverancia. De lo contrario mereceremos el reproche que Jesús hace en el evangelio: «¿Por qué me decís, Señor, Señor, y no hacéis lo que os mando»? (Lc 6, 46).

 

  • Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo eran los supuestamente «justos». Los publicanos y las rameras eran lo supuestamente «pecadores». Pero en realidad Jesús, que es la Verdad y que conoce lo que de verdad hay en el corazón de los hombres, pone de manifiesto que éstos adelantan a aquellos en el Reino de los Cielos. Por tanto -sería una de las conclusiones que podríamos extraer de esta paradoja- no debemos juzgar. Lo que cada uno es realmente ante Dios, lo cerca o lejos que está de Él, solamente lo sabe Dios. Nosotros no debemos gastar ni un sólo segundo en preocuparnos en enjuiciar a nuestros hermanos, sino que más bien debemos hacer examen de nosotros mismos y convertirnos de corazón al Señor.

 

  • Este evangelio nos ayuda a comprender que, más allá de nuestros pecados, infidelidades, tibiezas, fragilidades… al final lo que cuenta e importa es que nos convirtamos de corazón a Dios. En efecto, «si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá» (Ez 18, 21-22). Sin embargo, muchas veces abusamos de la paciencia y de la misericordia divina, posponiendo indefinidamente nuestra conversión, la cual no acabamos de tomarnos nunca plenamente en serio. Nos podrá ayudar recordar, entonces, lo que comenta Agustín al respecto: nadie nos asegura que haya un día de mañana, en el que poder convertirnos. Por tanto convirtámonos ahora (cfr. Sermón 87, 9).

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